Solo fue un juego (Satge Dive-2) de Kylie Scott - cap 1 y 2

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¿Puede un acuerdo de conveniencia entre una buena chica y un chico malo de los Stage Dive salir bien? Mal Ericson, el batería de la banda Stage Dive, necesita limpiar su imagen y rápido —aunque solo sea durante un tiempo—. Y para conseguirlo, nada mejor que llevar del brazo a una buena chica que le haga el trabajo. Lo que no espera es que este arreglo temporal se convierta en algo permanente... Anne Rollins nunca pensó que conocería a una estrella del rock de las que colgaban de las paredes de su habitación... y mucho menos en esas circunstancias. Anna está mal de dinero. Muy mal. Pero eso de aceptar que le paguen para interpretar el papel de la novia buena que sale con el batería de un grupo no puede acabar bien. ¿O tal vez sí?
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Solo fue un juego Libro 2 de la serie Stage Dive Título original: Play, Stage Dive, 2© Kylie Scott, 2014 © de la traducción: María José Losada © de esta edición: Libros de Seda, S. L. Paseo de Gracia 118, principal 08008 Barcelona www.librosdeseda.com www.facebook.com/librosdeseda @librosdeseda info@librosdeseda.com Diseño de cubierta: Mario Arturo Maquetación: Rasgo Audaz Imágenes de cubierta: © Rhythm Magazine/Getty Images Primera edición: junio de 2017 Depósito legal: B. xxxxxxxxxxxxxxxxxx-2017 ISBN: 978-84-16550-96-8 Impreso en España – Printed in Spain Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).Kylie ScottSOLO FUE UN JUEGOPara Hugh. Siempre, para siempre y todo lo demรกs.CAPÍTULO 1Algo iba mal. Lo supe en el momento que entré por la puerta. Encendí la luz con una mano al tiempo que con la otra dejaba caer el bolso en el sofá. Después de haber atravesado el pasillo tenuemente iluminado, aquel repentino resplandor me deslumbró. Unas lucecitas bailaron ante mis ojos. Cuando desaparecieron, vi los huecos… Huecos que aquella mañana alguien había llenado con objetos. Como el sofá. El bolso cayó al suelo y se salió todo su contenido: tampones, monedas, bolígrafos y maquillaje. Una barra de desodorante rodó hacia un rincón; un rincón vacío en el que ya no estaban ni la televisión ni el mueble en el que se apoyaba. La mesa y las sillas vintage, que había comprado en una tienda de segunda mano, seguían allí, lo mismo que la librería repleta. Pero la mayor parte de la estancia estaba vacía. —¿Skye? No obtuve respuesta. —¿Qué coño…? —Menuda pregunta tan estúpida. Era evidente lo que había pasado allí. Justo delante de mí vi abierta de par en par la puerta de la habitación de mi compañera, y allí dentro no había nada más que polvo y oscuridad. No tenía sentido negarlo: Skye me había dejado sin nada. Tragué saliva y hundí los hombros bajo el peso de dos meses de alquiler atrasado, y me pasó por la cabeza la idea de que acabaría dependiendo de comedores u otros servicios sociales. Incluso noté cómo se 7me cerraba la garganta. «Así que esto es lo que se siente cuando te la juega un amigo», pensé. Apenas podía respirar. —¡Oye, Anne!, ¿puedes prestarme tu abrigo de terciopelo? Te prometo que te lo… —Lauren, la vecina de al lado, entró como una exhalación. No, llamar a la puerta nunca había sido su estilo. Y, al igual que yo había hecho hace un rato, se detuvo en seco—. ¿Dónde está el sofá? Respiré hondo y solté el aire muy despacio. Pero no sirvió de nada. —No sé. Supongo que se lo habrá llevado Skye. —¿Skye? ¿Se ha marchado? Abrí la boca, pero en realidad, poco podía decir. —¿Se ha marchado sin avisarte? —Lauren ladeó la cabeza, provocando que su larga melena oscura se ondulara en el aire. Siempre había envidiado su pelo. El mío era rubio, con matices rojos, y demasiado fino. Me llegaba hasta algo más abajo de los hombros y era demasiado lacio, como si lo hubiera impregnado en aceite. Por eso no me lo dejaba crecer nunca por debajo de las orejas. Aunque tampoco me importaba el pelo. Qué demonios. Lo que me importaba era poder pagar el alquiler. Lo que me importaba era comer. ¿La falta de estilo de mi peinado? No, ya no me importaba en absoluto. Me ardían los ojos. Su traición me dolía sobremanera. Skye y yo éramos amigas desde hacía muchos años. Confiaba en ella. Habíamos compartido confidencias sobre chicos y secretos, muchos secretos; habíamos llorado la una en el hombro de la otra… Aquello simplemente no tenía sentido. Aunque era real. Era real de una manera muy dolorosa. —No. —Mi voz sonó rara en aquel espacio semivacío. Tragué nuevamente saliva, aclarándome la garganta—. No, no me dijo que pensara marcharse. —Qué raro… Parecía que os llevabais muy bien. —Sí. 8—¿Por qué se habrá ido de esta manera? —Me debe dinero —admití, arrodillándome para recoger el contenido del bolso. Sin duda no me ponía de rodillas para rogar a Dios. Hacía mucho tiempo que sabía que eso no servía para nada. Lauren gruñó levemente. —¿En serio? ¡Pues menuda amiga! —¡Cielo, vamos a llegar tarde! —Nate, el novio de Lauren, llenó el umbral de la puerta, mirándola con impaciencia. Era un tipo alto y fuerte. Por lo general, también envidiaba a Lauren por la pareja que tenía, pero en ese momento no lo encontré nada atractivo. Estaba realmente jodida. —¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó Nate, mirando a su alrededor—. Hola, Anne. —Hola, Nate. —¿Y tus muebles? Lauren levantó las manos en el aire. —¡Skye se los ha llevado! —No —la corregí—: Skye se llevó sus muebles y, además, mi dinero. —¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó Nate. El enfado hacía que su voz fuera todavía más grave. —Bastante —confesé—. Yo he estado pagándolo todo desde que perdió el trabajo. —Joder… —murmuró Nate. —Sí. —dije casi en una exhalación. Busqué la billetera dentro del bolso y la abrí. Sesenta y cinco dólares y un reluciente centavo solitario. ¿Cómo había llegado a esto? Después de pagar en la librería, había agotado el saldo de la tarjeta de crédito. Lizzy me había pedido dinero para pagar los libros de texto y jamás se me hubiera ocurrido negarme a ello. Lo más importante para mí era que mi hermana acabara sus estudios universitarios. Recuerdo que por la mañana le había dicho a Skye que teníamos que hablar. Después pasé un día horrible por ello, incluso se me había revuelto el estómago. La charla que tenía pendiente con ella implicaba pedirle que recurriera a sus padres, o incluso al estúpido 9de su nuevo novio, para poder devolverme el dinero. Yo no podía mantener el apartamento y además pagar la comida de las dos durante más tiempo mientras ella buscaba otro empleo. Así que también debía pedirle que se buscara un nuevo alojamiento. De manera que sí, realmente mi intención era ponerla de patitas en la calle. Y la culpa hizo que sintiera una piedra en el estómago. Lo cual era realmente irónico: pensaba decirle que se marchara, pero ella se marchó antes. ¿Qué probabilidades existían de que ella sintiera remordimientos por haberme dejado tirada? Seguramente ninguna. Terminé de recoger el contenido del bolso y cerré la cremallera. —Lauren, por cierto… —dije, volviendo a la realidad—, el abrigo está en mi armario. O al menos espero que siga estando allí. Puedes buscarlo tú misma. Dentro de ocho días tenía que pagar el alquiler. Quizá ocurriera un milagro. Tenía que haber alguna manera de que una mujer inteligente de veintitrés años pudiera ahorrar algo de dinero, ¿no? Únicamente necesitaba un lugar donde vivir. Antes de esto, todo iba bien, pero siempre supe que mi hermana y yo necesitábamos cierta estabilidad financiera: libros, ropa, salir a cenar… Todas esas pequeñas delicias que hacen que la vida valga la pena. Ya nos habíamos sacrificado suficiente. Sin embargo allí estaba, arruinada y de rodillas. Supongo que si lo miraba retrospectivamente, debería haber tenido otras prioridades… ¡Qué asco! En el peor de los casos, si nos lo montábamos bien, podía dormir en el suelo de la habitación que Lizzy ocupaba en la residencia universitaria. Estaba claro que nuestra madre no tenía dinero, así que pedírselo estaba fuera de toda cuestión. Tal vez si vendiera las perlas de la tía abuela, podría hacer frente al aval de otro apartamento más pequeño, uno cuyo alquiler pudiera pagar yo sola. En fin, ya arreglaría esto de alguna manera. Claro que lo haría. Solucionar problemas era mi especialidad. Pero, eso sí, como volviera a ver a Skye, la estrangularía con mis propias manos. 10—¿Qué vas a hacer? —preguntó Nate, que estaba apoyado en el marco de la puerta. Me levanté y me sacudí el polvo de las rodilleras de los pantalones negros. —Ya me las arreglaré. Nate me miró con intensidad. Le sostuve la mirada con toda la calma que pude reunir. Más valía que lo próximo que él dijera no fuera una frase compasiva. El día ya estaba siendo lo suficientemente malo. Me forcé a sonreír con determinación. —Bien, ¿a dónde tenéis pensado ir? —¡Hay una fiesta en casa de David y Ev! —contestó Lauren desde el interior del dormitorio—. ¡Deberías acompañarnos, Anne! Ev era la hermana de Nate y antigua compañera de piso de Lauren. Se había casado hacía pocos meses con David Ferris, dios del rock y guitarrista del grupo Stage Dive. Era una larga historia y, si he de ser sincera, todavía me costaba bastante entenderla. Ev era la rubia simpática de la puerta de al lado, iba a la misma universidad que Lizzy y preparaba un café de infarto en Ruby’s Café, y de repente la calle se llenó de paparazzis. Skye llegaba a hacer declaraciones en la puerta, como si supiera algo, mientras yo me limitaba a entrar por la puerta trasera. En general, mientras vivió en el edificio, mi relación con Ev se limitó a saludarnos cuando nos cruzábamos en las escaleras, y también le solía comprar un café doble en Ruby’s camino del trabajo. Así que no es lo que yo consideraría una amistad. Además, dada la costumbre de Lauren por pedirme ropa prestada, era a ella a quien conocía mejor. —Nate, ¿no crees que debería venir con nosotros? Nate soltó un largo gruñido. No sé si de afirmación o desinterés. A veces era difícil interpretar a ese chico. —Da igual —protesté. Vi bolsas con cosas para tirar a la basura, apoyadas en la pared donde habían estado el sofá y la librería; los deshechos de Skye—. Tengo un libro nuevo para leer, pero seguramente me pasaré el rato limpiando. Parece que hacía tiempo que no 11pasábamos el aspirador por debajo del sofá. ¡Bueno! Lo mejor de todo esto es que no tendré que trasladar muchos muebles cuando tenga que mudarme. —Vamos, acompáñanos, Anne… —Lauren, a mí no me han invitado —repliqué. —Tranquila. La mitad de las veces tampoco nos invitan a nosotros —argumentó Nate. —¡Nos adoran! Claro que quieren que vayamos. —Lauren salió de la habitación y le lanzó una mirada airada a su novio. La cazadora negra vintage le sentaba mucho mejor de lo que a mí me quedaría jamás, pero, a pesar de eso, no la odiaba. Si eso no me hacía ganar puntos para acceder al cielo, nada lo haría. Quizá se la regalara como despedida antes de dejar ese apartamento. —Venga, Anne —me animó, rodeándome con un brazo—. A Ev no le importará. —¿Preparada? —Nate hizo tintinear las llaves del automóvil con impaciencia. No creía que alternar con estrellas del rock fuera la respuesta adecuada a mi situación; estaba claro que pronto me encontraría en la calle. Puede que algún día, cuando estuviera en mi mejor momento y la suerte me sonriera, asistiera a una de esas fiestas. Pero hoy no. Definitivamente no era mi mejor día. Sobre todo porque me sentía cansada y derrotada. Aunque, pensándolo bien, llevaba sintiéndome así desde que cumplí los dieciséis, de modo que esa tampoco era la mejor de las excusas, claro que Lauren no tenía por qué saberlo. —Gracias —me excusé—. Pero acabo de llegar a casa y estoy muy cansada. De verdad. —Mmm… Cielo, en este momento tu casa no es un buen refugio —aseguró Lauren, mirando de soslayo las pelusas de polvo y los espacios vacíos que habían dejado los muebles—. Además, ¡es viernes! ¿A quién le gusta quedarse en casa un viernes por la noche? Venga, ¿Qué te parece? ¿Vas a ir con el uniforme del trabajo o te pones unos jeans? Yo te recomiendo los últimos… 12—Lauren, es que… —No, ni hablar —me cortó, tajante, pero sonriente. —Pero… —No. —Lauren me agarró por los hombros y clavó los ojos en los míos—. Escucha. Una amiga te ha traicionado. No tengo palabras para expresar lo furiosa que me siento. Pero precisamente por eso mismo vas a venir con nosotros. Si quieres, al llegar allí te quedas el resto de la noche en un rincón. Pero al menos no estarás aquí sola, pensando en esa maldita ladrona. Ya sabes que nunca me gustó. Y te lo dije, ¿recuerdas? Sí, lo sabía. O al menos lo comprobaba ahora. Bah, me daba igual. —¿Verdad que te lo decía a veces, Nate? —insistió Lauren, mirando a su novio. Él se encogió de hombros e hizo sonar las llaves un poco más. —Venga, ve a arreglarte. —Lauren me empujó en dirección al dormitorio. Dada mi situación actual, esta podría ser la única oportunidad de conocer a David Ferris. Sabía que Ev todavía seguía viniendo de vez en cuando por aquí, aunque nunca lo había visto a él, a pesar de que a veces me «entretenía» en las escaleras a propósito, por si acaso. No era que David Ferris fuera mi favorito de los cuatro miembros de Stage Dive. Ese honor estaba reservado para el batería, Mal Ericson. De hecho, hace años estaba totalmente colgada por él. Aun así, David Ferris era David Ferris. Por eso tenía que acudir a esa fiesta, aunque solo fuera por la oportunidad de conocer a uno de ellos. Tiempo atrás había sido una incondicional admiradora del grupo, lo que se dice una auténtica forofa, pero no porque fueran unos magníficos dioses del rock, no, sino por otros motivos. Yo era una purista en lo referente a la música. —Está bien, dadme diez minutos. —Era el tiempo mínimo que requería para prepararme mental y físicamente, si quería alternar con gente rica y famosa. Por suerte, en este momento estaba tan baja de moral que nada me importaba ni me alteraba demasiado, así que sin duda era el momento óptimo para conocer a 13alguien guapo y famoso como David Ferris. Estaba segura de que podría mantener la calma y no comportarme como una admiradora embelesada. —Cinco minutos —regateó Nate—. Va a empezar el partido. —Oye, ¿por qué no te relajas? —Lauren le dio un codazo cariñoso a su novio. —Porque no —replicó él, haciéndola reír, y la besó. No los miré, no quería saber más de lo que ya sabía. Las paredes de aquel edificio de apartamentos eran demasiado finas, y las costumbres de apareamiento nocturno de Lauren y Nate no resultaban precisamente un secreto. Por suerte, durante el día solía estar trabajando. Así que desconocía lo que hacían durante esas horas e, insisto, tampoco quería saberlo. Bueno… ¡de acuerdo! De vez en cuando me lo imaginaba porque hacía mucho tiempo que no disfrutaba con nadie en la cama. Además, al parecer, poseía una vena voyeur reprimida que necesitaba dejar salir de alguna manera. ¿De verdad me apetecía pasar la noche mirando cómo algunas felices parejas se metían mano? Otra opción era llamar a Reece, aunque me había dicho que esa noche tenía una cita. Cómo no, Reece siempre tenía alguna cita. Era perfecto en todos los sentidos, por no hablar de que era un auténtico mujeriego. A mi mejor amigo le gustaba compartir su amor con todo el mundo, por decirlo con suavidad. Parecía mantener una relación de primer grado con la mayoría de la población femenina de Portland entre los dieciocho y los cuarenta y ocho años. Es decir, básicamente con todo el mundo menos conmigo. Lo cual estaba muy bien. Yo lo prefería así. No estaba mal eso de ser amigos. Aunque, para ser sinceros, tenía la esperanza de que algún día acabaríamos siendo la pareja perfecta. ¿Por qué ocultarlo? Era fácil estar con él y, con todo lo que teníamos en común, seguro que mantendríamos una relación duradera. Pero mientras tanto, me sentía feliz esperándolo, concentrada en mis cosas. Tampoco es que últimamente él hubiera estado saliendo con alguien en serio… En fin, yo me entendía. 14Por otro lado, a Reece no le importaría alentarme en un momento así. Estaba segura de que cancelería su cita, vendría corriendo a mi casa y me haría compañía mientras limpiaba. Sin embargo, acabaría soltándome un «te lo dije». Skye nunca le gustó del todo. Se enfadó cuando descubrió que yo le prestaba dinero. De hecho, la acusó de utilizarme. Y al final resultó que tenía toda la razón. Aun así, la herida era demasiado reciente para que nadie, ni siquiera él, hurgara en ella. Así que no, Reece quedaba descartado. Lizzy, por su parte, me recriminaría con la misma vehemencia. Porque, por lo visto, a ninguno de mis amigos nunca les gustó demasiado mi plan de «salvar a Skye». Después de darle vueltas, tomé una inteligente decisión: iría a la fiesta y me divertiría antes de que mi mundo se fuera a la mierda. Muy bien. Podía hacerlo.15CAPÍTULO 2No, no podía hacerlo. David y Ev vivían en un apartamento de lujo en uno de los mejores barrios de la ciudad. Era un piso muy grande que ocupaba la mitad de la última planta de un antiguo edificio de ladrillo oscuro. Para ella debió de haber resultado surrealista pasar de su minúsculo apartamento, lleno de corrientes de aire y paredes finas como el papel, a todo aquel esplendor y diseño. A diferencia de nuestro complejo de viviendas, que estaba situado a las afueras de la ciudad, cerca de la universidad, David y Ev vivían en el centro del exclusivo y carísimo Pearl District. Por suerte, Ev se mostró encantada de verme. El primer momento, que sin duda es potencialmente el más incómodo, quedó neutralizado al instante. El marido de Ev, la famosa estrella del rock, me saludó alzando la barbilla mientras yo intentaba no mirarlo con intensidad. Me moría por pedirle un autógrafo; es más, me valdría incluso con que me firmara en la frente. —Anne, allí está la cocina. Entra y sírvete lo que quieras —me invitó Ev—. Tenemos un montón de bebida, y las pizzas están a punto de llegar. —Gracias. —¿Así que vives en el apartamento de al lado de Lauren y Nate? —me preguntó David, dirigiéndome la palabra por primera vez. ¡Santo Dios! Su pelo oscuro, sus rasgos esculpidos… Ese hombre era impresionante. La gente no debería ser tan acaparadora. ¿Es que no era suficiente con que tuviera mucho talento? 17—Sí —contesté—. De hecho, yo era vecina de Ev, y soy cliente habitual de Ruby’s Café. —Es cierto, viene a por su café todas las mañanas sin faltar ni un solo día —confirmó Ev al tiempo que me guiñaba un ojo—: un latte desnatado doble con caramelo. David asintió moviendo la cabeza y pareció relajarse. Rodeó la cintura de su esposa con un brazo y ella sonrió. El amor les sentaba bien. Esperaba que duraran. Yo había amado, me refiero a amar de verdad, a cuatro personas en toda mi vida. No todos mis amores fueron románticos, claro está. Pero a todos les entregué mi corazón. Tres me fallaron, pero aun así siempre esperaba tener un veinticinco por ciento de éxito. Cuando David y Ev empezaron a darse un beso con lengua, pensé que era el momento de que fuera a explorar la casa. Y eso hice. Primero me apropié de una cerveza en la cocina (de alta tecnología y muy elegante) y me dirigí al salón con determinación. Podía hacerlo. No es que se me diera muy bien socializar, pero iba a intentarlo. Había una docena de personas por aquí y por allá, y en la enorme pantalla plana estaban emitiendo un partido. Nate estaba sentado justo delante y parecía ensimismado en el desarrollo del juego. Reconocí algunas caras entre la multitud, la mayoría eran personas a las que jamás me hubiera atrevido a acercarme. Di un sorbo de cerveza para aliviar la sequedad de mi garganta. Ser la única persona distinta, digamos ajena al mundo del rock, en una fiesta, es una especie de tortura, y teniendo en cuenta los acontecimientos del día, me faltaba valor para iniciar una conversación, por frívola que fuera. Dado mi talento natural para elegir en quién confiar, seguro que acababa hablando con el único asesino en serie que hubiera en aquella fiesta. Por suerte, Lauren me hizo un gesto para que me sentara a su lado justo en el mismo momento en que empezó a sonar mi teléfono en el bolsillo trasero de los pantalones. Noté la vibración en la nalga y me estremecí. Le hice una seña a Lauren y saqué el teléfono. Con rápidas zancadas me dirigí al balcón, escapando del ruido del partido y el 18jaleo de las conversaciones. Me alegró ver el nombre de Reece en la pantalla mientras cerraba la puerta que salía a la terraza. —Hola —respondí con una sonrisa. —Al final mi cita me dio plantón.
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